En la siguiente review, voy a tratar un libro de uno de mis psicólogos favoritos contemporáneos que trata sobre la terapia cognitivo-conductual.
Rafael Santandreu, autor de numerosos libros —que próximamente traeré— sobre psicología argumental y comportamental.
No hagas montañas de granos de arena contiene cuatro pilares en total: El Método, Feliz Contigo Mismo, Con Los Demás y Punto Final: La Muerte.
Como no quiero hacer un spoiler al lector, voy a ir comentando los apartados que más eco han hecho en mí y que, por tanto, podrán ayudaros a daros un feeling de qué manera os puede ayudar o enseñar esta lectura. Aparte, los iré desglosando por artículos para que cada punto que podáis leer os pueda ayudar a reflexionar y entender mejor la idea.
¿De dónde surge nuestra infelicidad?
El autor nos da una visión mucho más amplia de por qué nosotros, los seres humanos, nos provocamos consecutivamente una especie de infelicidad a nosotros mismos, y esta viene por el ejercicio mental que llevamos a cabo: el cómo nosotros somos quienes creamos las valoraciones y comparaciones.
Este tipo de “conducta” se asemeja mucho a la filosofía estoica. Los estoicos trataban de ilustrarnos cuánto nos afectan los pensamientos, las creencias y lo que nos decimos a nosotros mismos. Por ello, el primer hincapié que quiero resaltar es el Diálogo Interior.
Nuestro diálogo interno tenemos que tomarlo muy en serio, porque puede ser un propulsor de nuestras limitaciones o puede ser un rompedor de nuestras limitaciones. En consecuencia, Santandreu nos ofrece dos claves: no terribilizar jamás y necesitar poco.
No terribilizar jamás
Lo que nos decimos tiene un gran poder sobre nosotros. Dicho esto, si estamos terribilizando siempre todos los acontecimientos que nos van ocurriendo, acabaremos por creernos que tenemos un gran problema y que seguramente no tenga solución alguna.
Rafael nos asegura que, al nunca calificar nada como “terrible”, “horroroso” o “insoportable”, podremos afrontar las adversidades e injusticias de la vida de una forma mucho más tranquila y valiente. De hecho, prohíbe dramatizar cualquier situación, ya que, al hacerlo, estamos creando una bola de problemas que, seguramente, no es tan grande.
De hecho, el autor explica cómo, al no dramatizar, podemos tener tres grandes ventajas:
Encontrar nuevas oportunidades
Pone de manifiesto el siguiente dicho: “Cuando Dios cierra una puerta, abre muchas ventanas”.
Al lamentarnos y ver lo negativo, nos estamos autosaboteando nosotros mismos; no dejamos que entren nuevas perspectivas o acontecimientos que nos ofrece la vida. Por tanto, mejoremos nuestro prisma y comencemos a ver lo bueno que puede traer el haber cerrado puertas.
Mejores soluciones
Otra ventaja que tiene el no dramatizar es que podemos estar más tranquilos y en armonía para solucionar cualquier tipo de problema. Normalmente, terribilizar las cosas nos trae una mayor impaciencia y, por ende, una mala acción.
Acostumbrémonos a actuar desde la paciencia y la tranquilidad para obtener mejores resultados en nuestras decisiones cotidianas.
Más ganas de hacer
Al dejar que emociones como el amor o la ilusión dirijan nuestra vida, empezaremos a verla de una manera apasionada y con multitud de aventuras.
Piénsalo: siempre que has actuado desde el miedo, has tenido que forzar la maquinaria, te ha generado estrés y posiblemente te has sentido ansioso o deprimido.
Mirando la vida desde una perspectiva del amor o la ilusión, podremos tener energía ilimitada para seguir creando y haciendo cosas espectaculares. Esto puede ser tanto empezar un proyecto personal como quedar con nuevos amigos, aprender nuevas habilidades o visitar nuevos lugares.
Necesitar poco
Rafael, dándonos su segunda clave, nos pone a reflexionar explicándonos cómo el no necesitar es lo que realmente nos da la libertad.
A día de hoy, pensamos que tener bienes materiales, ser atractivo, ser inteligente o exitoso nos va a proporcionar una felicidad eterna. Pero aquí es donde entra realmente el desapego, que procede de la confianza de que hay abundancia en todas partes y en todo momento y, solo por ello, tenemos razones para ser felices.
Con esto, podemos deducir que todo está en nuestra mente. Pensar en todas las oportunidades o en la escasez será una responsabilidad nuestra y, por tanto, algo en lo que podemos trabajar. Seremos felices pase lo que pase, ya que nada o poco es importante en la vida, salvo nuestras necesidades básicas.
Concluyendo, he querido traeros cómo nuestro diálogo interno es muy importante a la hora de saber ver oportunidades en los momentos menos fáciles que podemos tener en la vida. El no dramatizar y el necesitar poco nos llevarán a tener una serenidad capaz de darnos una mayor claridad en las decisiones y acciones que vayamos teniendo.
Te animo a que pruebes a dialogar y argumentar contigo mismo/a, a ver las adversidades como pequeños retos que tienes que afrontar para que te hagan más resiliente y a observar la abundancia que te ofrece la vida para aprovechar cada una de sus oportunidades.
