Una reflexión personal sobre los pensamientos intrusivos, la fortaleza mental y la confianza en Dios.
Como cualquier ser humano, en algún momento has sentido miedo. Quizá apareció ante un peligro evidente, una decisión importante o un pensamiento que parecía imposible de controlar.
El miedo puede hacernos sentir vulnerables y desamparados. Sin embargo, también puede convertirse en una oportunidad para conocernos mejor, desarrollar fortaleza mental y aprender a responder de una manera más consciente.
¿Qué es el miedo?
La Real Academia Española define el miedo como la «angustia por un riesgo o daño real o imaginario».
La palabra imaginario es importante. Nuestra mente es capaz de anticipar amenazas que todavía no han ocurrido y de representar situaciones que quizá nunca lleguen a suceder. Aunque el peligro no sea real, la emoción que experimentamos sí puede serlo.
Podemos sentir miedo al fracaso, al futuro, al rechazo, a no ser suficientes, a perder el control o incluso a nuestros propios pensamientos. Cuando alimentamos constantemente estas posibilidades, la preocupación puede ocupar el centro de nuestra atención y extenderse a diferentes ámbitos de la vida.
Esto no significa que problemas como la depresión, los trastornos de ansiedad, el TOC o las fobias sean únicamente producto de la imaginación. Son condiciones complejas que pueden requerir ayuda profesional. La reflexión personal, la fe y la oración pueden acompañar ese proceso, pero no deben utilizarse para culpabilizar a quien sufre ni para sustituir un tratamiento cuando sea necesario.
Los miedos que llevamos dentro
Personalmente, acostumbro a llamar demonios internos a aquellos pensamientos que intentan alejarme de mi paz y de mi armonía.
Utilizo esta expresión como una metáfora. No me refiero a las personas ni a los problemas de salud mental, sino a esas ideas, inseguridades y temores que aparecen sin ser invitados y que pueden llegar a condicionarnos.
Con el tiempo he aprendido que no siempre puedo impedir que aparezca un pensamiento, pero sí puedo entrenar la forma en que respondo ante él. Cada ocasión en la que consigo observarlo sin dejarme arrastrar refuerza mi autocontrol y mi capacidad para razonar.
La finalidad no es eliminar todos los pensamientos incómodos. Es dejar de obedecerlos automáticamente.
¿Cómo afronto mis miedos?
Mi proceso se apoya en cinco acciones: identificar, comprobar, razonar, orar y permitir que pase el tiempo.
1. Identificar el pensamiento
El primer paso es detenerme y reconocer lo que está sucediendo.
- ¿Qué pensamiento está provocando este miedo?
- ¿Estoy ante un peligro presente o ante una posibilidad imaginada?
- ¿Qué hechos tengo y qué parte estoy suponiendo?
- ¿Estoy confundiendo un pensamiento con una certeza?
Esta es probablemente la parte más difícil, porque requiere conciencia y honestidad. Un pensamiento puede resultar muy convincente sin ser necesariamente verdadero.
Reconocerlo me ayuda a crear una pequeña distancia entre lo que aparece en mi mente y la decisión que voy a tomar.
2. Comprobar si existe un peligro real
El miedo tiene una función protectora. Si existe un peligro real, no necesito discutir indefinidamente con mi mente: necesito actuar, protegerme o pedir ayuda.
Cuando el peligro no es inmediato, intento no reaccionar impulsivamente. Respiro, observo lo que siento y concedo tiempo a mi razón para participar.
No todo lo que siento como urgente necesita una respuesta inmediata.
3. Razonar sin dramatizar
Después analizo el pensamiento:
- ¿Es realmente tan grave como parece?
- ¿Estoy imaginando únicamente el peor resultado posible?
- Si ocurriera, ¿qué recursos tendría para afrontarlo?
- ¿Qué le diría a una persona a la que quiero si estuviera pensando lo mismo?
Razonar no consiste en fingir que nada malo puede suceder. Consiste en contemplar la situación completa y no solamente su desenlace más temido.
Muchas circunstancias no tienen una solución inmediata, pero sí pueden afrontarse con ayuda, aprendizaje, aceptación y tiempo.
4. Orar y entregar el miedo a Dios
Cuando he identificado y razonado el pensamiento, oro.
Le pido a Dios fortaleza, claridad y serenidad para afrontar aquello que no puedo controlar. La oración no siempre hace desaparecer el miedo de inmediato, pero me ayuda a recordar que no tengo que sostenerlo todo con mis propias fuerzas.
En el Salmo 60:12 leemos:
«En Dios haremos proezas, y él hollará a nuestros enemigos».
Interpreto estos enemigos no solo como dificultades externas, sino también como aquellas inseguridades, hábitos y pensamientos que intentan dominar nuestra conducta.
Confiar en Dios no significa permanecer inmóvil. Significa avanzar haciendo aquello que depende de nosotros y entregar aquello que no podemos controlar.
5. Aceptar el proceso y permitir que pase el tiempo
La impaciencia puede hacer que interpretemos la permanencia del miedo como un fracaso. Queremos sentirnos bien inmediatamente y nos frustramos cuando la calma tarda en llegar.
Pero la fortaleza mental no se construye en un solo día.
Necesitamos paciencia para repetir el proceso: observar, razonar, actuar, orar y volver a empezar cuando sea necesario. A veces, el tiempo también forma parte de la respuesta.
No se trata de resignarnos al sufrimiento, sino de aceptar que algunos cambios necesitan constancia y acompañamiento.
Educar nuestro diálogo interior
En El poder de tu mente subconsciente, Joseph Murphy escribe:
«Centra tu atención en el objeto que deseas en el momento. Ten en cuenta que lo subjetivo siempre desarma a lo objetivo».
Leo esta frase como una invitación a cuidar aquello que repetimos interiormente. Nuestro diálogo consciente puede reforzar el miedo o ayudarnos a adoptar una perspectiva más equilibrada.
No podemos convertir cualquier deseo en realidad mediante el pensamiento. Sin embargo, sí podemos entrenar nuestra atención, revisar nuestras creencias y evitar que una interpretación negativa se convierta automáticamente en nuestra única verdad.
El miedo no determina quién eres
Sentir miedo no te convierte en una persona débil. Tener un pensamiento intrusivo tampoco significa que quieras realizarlo ni que represente quién eres.
Nuestra libertad comienza cuando dejamos de identificarnos completamente con todo lo que aparece en nuestra mente.
Por eso quiero dejarte una pregunta:
¿A qué le tienes miedo y qué parte de ese temor puedes afrontar hoy?
Quizá el primer paso sea escribirlo. Tal vez necesites hablar con alguien, tomar una decisión pendiente, pedir ayuda o reservar unos minutos para orar.
El Salmo 34:4 expresa esa confianza:
«Busqué al Señor; él me respondió y me libró de todos mis temores».
No temas, querido lector. Identifica tus miedos, comprueba qué hay de real en ellos, razónalos con serenidad, actúa cuando sea necesario y entrega a Dios aquello que no puedas controlar.
No necesitas resolverlo todo hoy. Solo necesitas dar el siguiente paso.



