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Mentalidad

Enseñanzas de Lama Rinchen para ser feliz

Alejandro Lloveras Sauras9 min de lectura

Enseñanzas como la meditación, la gratitud, la tecnología y el perdón para vivir en paz y armonía.

La felicidad no suele aparecer como una solución inmediata. Se construye entrenando la mente, revisando nuestros hábitos y aprendiendo a relacionarnos de otra manera con lo que pensamos, sentimos y hacemos. Esa es una de las ideas que me llevé al escuchar a Lama Rinchen Gyaltsen.

Hasta hace poco no conocía su trayectoria. Me encontré con él mientras buscaba en YouTube una conversación interesante y apareció el episodio “Lama Rinchen: consejos de un monje budista para vivir mejor”, del pódcast de Uri Sabat. Al principio pensé que sería otra charla llena de fórmulas rápidas para ser feliz. Sin embargo, la conversación tomó una dirección mucho más profunda: la curiosidad ante la muerte, el entrenamiento mental, el uso de la tecnología, la compasión y la responsabilidad sobre la propia vida.

Estas son las enseñanzas que más me hicieron reflexionar y la forma en que intento llevarlas a la práctica.

¿Quién es Lama Rinchen Gyaltsen?

El venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen, cuyo nombre monástico completo es Ngawang Lekshe Rinchen Gyaltsen, es un monje y maestro uruguayo de la tradición Sakya del budismo tibetano. Nació en Montevideo en 1972, creció en Estados Unidos, se graduó en Arte y Psicología en la Universidad Rutgers y fue ordenado en Lumbini, Nepal, en 2003. Posteriormente se formó durante años en India, Nepal y Tíbet.

Desde 2013 es maestro residente del Centro Budista Sakya de La Sella, en Pedreguer (Alicante), y dirige la Fundación Sakya y la plataforma Paramita. En 2024 recibió el título de khenpo, una distinción vinculada a su formación y labor docente. Su trabajo se centra en transmitir filosofía budista y prácticas de meditación al mundo hispanohablante con un lenguaje accesible.

Conocer este recorrido me ayudó a entender que sus enseñanzas no nacen de una frase motivacional aislada, sino de décadas de estudio, práctica y acompañamiento.

La muerte como recordatorio para vivir

Una de las primeras ideas que captó mi atención fue la invitación a leer y reflexionar sobre el karma y la muerte. Puede parecer un punto de partida incómodo, pero no se trata de vivir con miedo. Se trata de recordar que nuestra presencia aquí es limitada.

Tener presente la muerte puede ayudarnos a distinguir lo urgente de lo importante. Nos recuerda que todavía podemos aprender, reparar una relación, cambiar de rumbo o empezar aquello que llevamos años posponiendo. En mi caso, esta perspectiva despierta curiosidad y me empuja a no vivir de forma automática.

Cuatro formas de entrenar la mente mediante la meditación

En la clasificación de la tradición budista que Lama Rinchen explica en la conversación, la meditación puede orientarse al equilibrio de la atención, el altruismo, la virtud y la sabiduría. No es una taxonomía científica universal, sino una forma de ordenar distintas prácticas. Todas requieren continuidad: una sesión aislada puede resultar agradable, pero la transformación depende de la constancia. Meditar no consiste en dejar la mente en blanco ni en evitar cualquier pensamiento, sino en aprender a observar, dirigir y comprender nuestra experiencia.

1. Entrenamiento de la atención

La atención es la capacidad de permanecer con una tarea y regresar a ella cuando la mente se distrae. En la meditación podemos escoger un punto de apoyo —por ejemplo, la respiración—, observar cuándo nos hemos alejado y volver sin castigarnos.

Esa repetición fortalece una habilidad muy útil fuera de la práctica: reconocer la distracción antes de que una preocupación se convierta en una cadena interminable. Algunos ensayos han observado mejoras en atención y autorregulación después de programas breves de entrenamiento meditativo, aunque los resultados dependen de la técnica, la persona y la práctica sostenida.

La meditación no elimina por sí sola la rumiación ni sustituye la ayuda profesional cuando existe un problema de salud mental. Sí puede convertirse en un espacio para relacionarnos con los pensamientos con menos automatismo. Esta idea conecta con algo que ya traté en cómo dejar de terribilizar los problemas: observar el diálogo interno antes de convertir una dificultad en una catástrofe.

2. Altruismo y compasión

Otra familia de prácticas dirige la atención hacia el bienestar de otras personas. El objetivo no es olvidarnos de nosotros mismos, sino reducir el encierro en el propio ego y ampliar la perspectiva.

Una práctica conocida es Metta, o meditación de amor benevolente. Puede comenzar con una intención sencilla hacia uno mismo —“que pueda vivir con bienestar”— y extenderse después a una persona querida, alguien neutral e incluso alguien con quien tengamos dificultades.

La evidencia disponible es prometedora, pero conviene expresarla con prudencia: algunos estudios han observado aumentos puntuales en la sensación de conexión social y en las emociones positivas. No es una cura automática para la ansiedad o la depresión, pero puede ser una herramienta para cultivar cercanía, empatía y compasión.

3. Virtud: paciencia, humildad y ecuanimidad

Meditar también puede ser una forma de practicar cómo queremos actuar. La paciencia aparece cuando sentimos incomodidad y no reaccionamos de inmediato. La ecuanimidad consiste en mantener cierta estabilidad ante los altibajos. La humildad nos recuerda que no somos el centro de cada situación. El amor y la bondad convierten esa estabilidad en una intención activa hacia los demás.

Mi reflexión personal es que estas cualidades se vuelven concretas cuando aparece un impulso difícil: observar no significa reprimir, sino crear una pequeña distancia entre lo que surge en la mente y la conducta que elegimos. En esa distancia existe libertad.

4. Sabiduría: quién soy y hacia dónde voy

La cuarta dimensión apunta a preguntas que no se resuelven con rapidez: quién soy, qué valores quiero encarnar y hacia dónde dirijo mi vida.

Mi reflexión personal a partir de esta enseñanza es entender la autenticidad como la capacidad de mostrarme sin vivir permanentemente condicionado por la aprobación ajena. La otra parte consiste en alinear decisiones y valores. Para hacerlo, a veces necesito sentarme ante una hoja en blanco, apartar el móvil y escribir con honestidad qué quiero conservar, qué debo dejar y qué dirección deseo tomar.

No siempre encontramos una respuesta definitiva. Aun así, formular bien la pregunta ya cambia la manera de vivir.

La tecnología: una herramienta que necesita límites

Lama Rinchen también reflexiona sobre una tecnología capaz de alejarnos de nuestra propia mente cuando la usamos sin conciencia. La tecnología no es buena ni mala por sí misma; el efecto depende del diseño de las plataformas, del contexto y de nuestros hábitos.

Hablar de un “circuito de recompensa roto” o de un “daño cerebral” causado de forma general por las redes sociales sería una simplificación. Lo que sí podemos observar es que las recompensas rápidas, las notificaciones y el desplazamiento infinito favorecen el hábito de comprobar constantemente el móvil. Esa repetición puede desplazar actividades más lentas y exigentes, como leer, escribir, conversar sin interrupciones o caminar sin estímulos continuos.

Algunos experimentos incluso sugieren que la simple presencia del teléfono puede consumir parte de los recursos atencionales en determinadas tareas. Esto no significa que debamos rechazar la tecnología, sino aprender a colocarla en su sitio.

Cómo recuperar el control del móvil

  • Dejar el teléfono fuera del alcance durante los bloques de concentración.

  • Desactivar las notificaciones que no requieren una respuesta inmediata.

  • Evitar comenzar y terminar el día haciendo scroll.

  • Reservar paseos, comidas y conversaciones sin pantalla.

  • Preguntarnos antes de desbloquear el móvil: “¿Para qué lo estoy abriendo?”.

No se trata de convertir la tecnología en el enemigo. Se trata de recuperar espacios de silencio que nos permitan volver a escuchar nuestros propios pensamientos.

La gratitud cambia el lugar desde el que miramos

La gratitud ocupa menos tiempo en la conversación, pero merece estar junto a las demás enseñanzas. Agradecer es reconocer lo que ya existe: la vida, las personas cercanas, una oportunidad, una comida, un aprendizaje o una dificultad que terminó revelando algo importante.

Para mí, la gratitud también tiene una dimensión espiritual y se expresa en el agradecimiento a Dios. Para otras personas puede adoptar una forma distinta. Lo esencial es interrumpir la costumbre de mirar únicamente lo que falta.

Agradecer no obliga a negar el dolor ni a conformarse. Permite contemplar la realidad completa: lo que debemos cambiar y lo que ya merece ser valorado.

De la culpa tóxica al perdón responsable

La última enseñanza que quiero destacar es la diferencia entre una culpa que orienta y una culpa que paraliza. La primera señala que hemos actuado contra nuestros valores y puede impulsar una reparación. La segunda convierte el error en identidad: ya no pensamos “hice algo mal”, sino “soy una persona irremediablemente mala”.

Salir de esa espiral no consiste en fingir que nada ocurrió. Puede seguir un proceso como este:

  1. Reconocer el malestar: aceptar que una conducta tuvo consecuencias.

  2. Identificar el problema: describir con precisión qué hicimos, sin excusas ni dramatización.

  3. Asumir responsabilidad: reconocer nuestra participación sin convertir el error en toda nuestra identidad.

  4. Reparar cuando sea posible: pedir perdón, corregir el daño o cambiar una conducta concreta.

  5. Preparar una respuesta diferente: definir cómo queremos actuar si vuelve a aparecer una situación parecida.

  6. Permitir el autoperdón: aprender del pasado sin utilizarlo como un castigo permanente.

No somos perfectos. Somos seres humanos capaces de equivocarnos, asumir lo ocurrido y volver a elegir. Si la culpa es persistente, desproporcionada o interfiere con la vida cotidiana, pedir ayuda profesional también es una forma de responsabilidad.

La enseñanza común: practicar, no coleccionar ideas

El hilo que une todas estas enseñanzas es la práctica. Podemos leer sobre meditación, comprar libros, guardar vídeos y repetir frases sobre la paz; nada de eso sustituye el acto de sentarnos, observar el móvil antes de abrirlo, agradecer, reparar un error o tomar una decisión alineada con nuestros valores.

No necesitamos transformar toda la vida de la noche a la mañana. Podemos empezar con diez minutos de silencio, una conversación sin teléfono, una frase de gratitud o una reparación pendiente. La constancia convierte una idea interesante en una manera distinta de estar en el mundo.

Eso es lo que me llevo de Lama Rinchen: la felicidad no es perseguir una emoción permanente, sino entrenar una mente más clara, una conducta más consciente y una relación más compasiva con los demás y con nosotros mismos.

Nota: este artículo es una reflexión personal y divulgativa sobre enseñanzas espirituales. La meditación puede complementar el cuidado psicológico, pero no sustituye el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional sanitario. Algunas personas pueden experimentar malestar durante determinadas prácticas.

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